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Lic. Silvana Mariel Torrijo

"En estos períodos de crisis
se producen cambios que pueden llevar
a una mayor madurez"

Más de una vez, nos confrontamos con la angustia y la ansiedad que nos producen los conflictos que vivimos. Cuando son conflictos serios, conocemos, también, la impotencia de no poder resolverlos como acostumbrábamos. Nuestras recetas ya no funcionan.

Asimismo, serán parte de nuestra historia las situaciones límite: la muerte, el sufrimiento inevitable, las enfermedades crónicas. Estados nunca elegidos ni buscados que, sin embargo, aparecen, y frente a los cuales nos toca tomar decisiones fundamentales.

En estos períodos de crisis se producen cambios que pueden llevar a una mayor madurez, en cuyo caso la experiencia habrá sido una “oportunidad positiva”, donde los caminos transitados dejaron aprendizaje y disponibilidad para los nuevos. En caso contrario, las crisis pueden llevar a reducir la capacidad de enfrentar los problemas de la vida y se convertirán en un “episodio perjudicial”.

¿De qué dependen estas opciones? Si sostenemos que la persona, gracias a su libertad, autoconciencia y responsabilidad, es quien va dando respuestas a las preguntas de la vida y moldea sus conductas a partir de los valores que sostiene, el impacto de las crisis dependerá de las actitudes que la persona adopte ante ellas.

En las crisis no hay nada establecido, todo está por hacerse. Lo que estaba definido deberá revisarse. Se produce miedo al cambio, al riesgo, y reclamamos lo seguro, en donde nada malo puede pasar. Una crisis implica ruptura del sistema de respuestas que han sido eficaces hasta el momento. Asimismo, implica revisar un estilo de vida, recuperar la unidad y revalorizar lo que se es y lo que se tiene.

Ahora bien, podemos distinguir tres tipos de crisis importantes: las evolutivas, las accidentales y las existenciales.
Las crisis evolutivas son esperables a lo largo de la vida de una persona, son propias de la infancia, adolescencia, juventud, adultez y ancianidad. Según la etapa en que nos encontremos, presentarán características, causas y consecuencias distintas; en lo personal y en lo familiar.

Las crisis accidentales son precipitadas por azares de la vida. Presentan períodos de alteración psicológica y conductas que implican una pérdida repentina de los aportes básicos:
1) Físicos: alimentación y vivienda.
2) Psicosociales: necesidad de recibir y dar amor, necesidad de límites y conducción, y necesidad de participación comunitaria.
3) Socioculturales: la influencia de las tradiciones y los valores de la cultura que orientan lo educativo de la personalidad.

Por su parte, durante las crisis existenciales, la persona experimenta verdaderos planteos acerca del sentido de la vida. En ella surgirán la necesidad de nuevos proyectos y la distinción entre lo urgente y lo importante. Esta revolución empuja a un cambio de perspectivas para enfrentar los problemas. Cada situación apela a la “voz de la conciencia”, que nos ayudará en la búsqueda de sentido y prevendrá el vacío existencial. Esta conciencia hace al hombre responsable de las acciones que realiza y de las actitudes que adopta según cómo ha valorado la situación.

Desde un enfoque preventivo, pensando en nosotros y en nuestros hijos, deberíamos fortalecer los factores sanos que ayudan a las personas a enfrentar dificultades: educar en el valor de ser comunidad, del respeto por las personas, trabajar en la reflexión familiar para que sus miembros se conozcan y acepten las diferencias. Que superen la comparación anticuada de si son mejores o peores que otros, para que cada uno se registre como ser único e irrepetible en aquello que cada uno es: una persona original.

Fuente: Revista Sembrar Valores. Nro 20. Noviembre de 2010

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