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DE CÓMO MATA EL MIEDO A MORIR
Pandemia y sentido de la vida
Pablo Etchebehere

“el culto a la vida,
si de verdad es profundo y total,
es también
culto a la muerte”
(Octavio Paz)

“Escanderberg, príncipe de Epiro, perseguía a uno de sus soldados para matarlo; este soldado había tratado de calmarlo con toda clase de humildades y súplicas, y en último extremo se decidió a esperarlo espada en mano: esta resolución suya detuvo de inmediato la furia de su señor que, al verlo tomar un partido tan honorable, le concedió la gracia” (Montaigne, 43)

La cita nos sitúa en el tema de la actitud frente a la muerte. Frente a ella tendemos a pedir clemencia, lloramos y suplicamos en pos de seguir viviendo. Hasta nos humillamos para lograrlo. Pero pareciera que esa actitud no es humanamente digna. La que está, verdaderamente, a la altura del hombre es enfrentar a esa muerte que se nos presenta. La actitud digna es, entonces, la del valor. ¿A qué viene la cita y su explicación? A no otra cosa que plantearme ciertos interrogantes frente a lo que hacemos y decimos de cara a la pandemia. En el fondo quiero compartir mi asombro y desazón al ver cómo lo que tantas veces repito en los ámbitos frankleanos son sólo palabras. Y espero que este asombro y desazón sea sólo mío.

Todos hemos escuchado y leído la frase “a pesar de todo, sí a la vida”. Creo que es el momento de preguntarnos ¿a qué vida le decimos sí? ¿Qué forma de vida es la que nos hace soportarlo todo? ¿Es la simple vida biológica o por vida entendemos la vida plenamente humana, la vida en todas sus dimensiones? ¿Exige la vida su sola prolongación o ella nos exige algo más humano: vivirla? Las reacciones que ha suscitado la presencia del Covid-19 me lleva a pensar que estamos degradando la vida, que no estamos a su altura y que hemos olvidado algunos núcleos del pensamiento frankleano. Que hemos preferido tomar al hombre como es y no como debe ser.

Fase 5

Hace ya cuatro meses que veo real la advertencia de Viktor Frankl cuando nos dice que hay un peligro en que los especialistas, en nuestro caso epidemiólogos, infectólogos o políticos, se conviertan en generalizadores. “Todos conocemos a los llamados terribles simplificadores. A su lado podrían ponerse ahora los terribles generalizadores.” (Frankl, 1983, 43). En esta situación veo a ambos “terribles” trabajando conjuntamente. Es así como una sola mirada, una sola perspectiva es la encargada de interpretar toda la vida humana, de decidir por ella, aunque no creo que se responsabilice, luego, por ella. Una enfermedad, algo biológico, ha sido presentado de un modo tal que parece que ya no soy capaz de cuidarme por mí mismo. Algo biológico irrumpió en mi libertad oscureciéndola y dándome a entender que soy un irresponsable, un inmaduro, un desconsiderado. No hay matices, no hay grados, todo se ha vuelto unidimensional y por lo tanto reductivo, nihilista. En pos de la vida que nos imponen ya no vivimos. Pero no digas nada, son especialistas los que hablan y te cuidan…

Fase 4

Hay otra razón que causa mi desazón y tiene que ver con el olvido de la dimensión espiritual. Como dije antes, la vida a la que le estamos diciendo sí no es otra que la vida biológica o zoológica olvidando la vida psicológica y la espiritual (los griegos tan griegos tenían dos palabras y entonces dos significados para hablar de la vida –bios y zoé- nosotros tan nosotros las hemos reducido a una). ¿A dónde han quedado esas frases tan lindas de que el espíritu no enferma? ¿A dónde ha quedado esa capacidad de oposición del espíritu? Todo esto ha desaparecido de nuestro horizonte interpretativo o le hemos puesto un tapaboca, no sea cosa que nos enfermemos y muramos. Hemos aceptado callar al espíritu, no dejar que él emerja, ni siquiera en forma de queja, en forma de cuestionamiento o, de al menos, alguna duda. ¿O será que como el espíritu no enferma entonces lo podemos descuidar porque total él es inmune?

Fase 3

Otra razón para mi miedo y relacionada con la pregunta anterior. ¿Qué idea de hombre realmente aceptamos? Porque es claro que tenemos ideas sobre lo que el hombre es, pero ¿en cuál de ellas creemos? ¿cuál de ellas aceptamos aunque de un modo inconsciente? Creo que este miedo a enfermarnos supone que somos inmortales, invulnerables, porque, si no es de Covid-19 ¿acaso no nos vamos a enfermar de ningún otro virus, de ninguna otra enfermedad? ¿O es el único virus, el Corona, el que anda tan democráticamente por ahí? Como dije, esta pandemia me ha mostrado que, en el fondo y paradójicamente, el hombre se ve invulnerable. Aquí quiero detenerme: si bien hablamos de fragilidad, de vulnerabilidad siempre es desde una supuesta invulnerabilidad, siempre desde una inmunidad. Como si ser finito, ser entonces vulnerable, no implicara las claudicaciones, la “poca firmeza”, el sufrimiento y finalmente el fin. Nuestra creencia sobre el hombre es paradójica: somos finitos pero de un modo infinito. En realidad, no somos hombres porque nos sentimos dioses. Ya no meditamos sobre la muerte, ya no hay un memento mori, un recordar que te has de morir. Hay frente a la muerte solo fuga. Así entonces no creo que aceptemos al homo patiens…porque si así fuera, si esto realmente lo sintiéramos visceralmente (perdón, espiritualmente) ¿responderíamos a la vida con la impotencia del encierro o responderíamos con la potencia, con la prepotencia de la voluntad de vivir, del sí a la vida? ¿O es que nuestro sí a la vida es un sí de temor y temblor, un sí aislado que no enfrenta el sufrimiento sino que busca, ante todo, conservarse? La vida que estamos viviendo ya no es pasión sino conservación. Nuestra vida se ha transformado en una vida en conserva, en salmuera. “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura, porque esa ya no siente” al decir de Rubén Darío. Nunca hubiera imaginado ver tanta reducción de lo humano sin violencia y con tanta paz, paz de muertos en vida.

Fase 2

Este vivir cuidándome, protegiéndome, generando mi propia caparazón donde vivir, me lleva a otra razón de mi temor y esta es la de la negación de la transcendencia. Otra linda palabra que pronunciamos sin encarnar. El hombre encerrado, solo atento a sí mismo, ya no autotrasciende sino que se autovigila, se autoconserva. En lugar de vivir al sol, a la intemperie ha vuelto a la caverna y no para liberar a los demás sino para volverse a encadenar y descubrir que, aquí abajo, encandenado, calentado por el fuego y viendo las figuras pasar delante, es mucho mejor que vivir fuera de la caverna, lejos de los árboles protectores como decía Ramón y Cajal. Porque vivir la vida verdadera no es sino ex-sistir, estar en el afuera. Es cierto que nos han dicho que al cuidarme cuido a los demás pero, a mi entender, la dinámica del espíritu, la que llamamos intencionalidad es, precisamente, lo contrario. Solo cuidando al otro, solo preocupándome por el otro me cuido. Solo tendiendo al otro tiendo a mí.

Fase 1

De ahí que la autotranscendencia no es sino ver y sentir a la vida como riesgo y aventura, y no como cálculo que busca la ganancia y el bienestar, la satisfacción. Esto es lo que siento como más grave: el sentido de la vida se ha vuelto sentido vital, un mero proceso de oxidación que el virus puede acelerar. Este sentido vital y no de la vida es, entonces, un sentido homeostático, una vida sin existencia, o como ya dijimos, sin pasión. Es un sentido mimético donde me tengo que camuflar ante el peligro. Un sentido que no me llama, que no me despierta y me saca de la monotonía sino que me calla.

El mal presente ya no pide de nosotros una transformación, una conversión o superación, lo que sería la verdadera autotranscendencia -fruto de la capacidad de oposición- sino que nos pide ser unos mansos corderos asustados y así encerrados. ¿Acaso recordamos a algún héroe que no haya muerto por los demás? Nadie puede exigirnos ser héroes…pero no estaría mal recordarnos, de vez en cuando, la altura del hombre, su misión.

“El miedo que tienes –dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son, y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diera mi ayuda”. (Cervantes, 194)

Asusta el miedo a enfermarnos que nos rodea. Asusta el miedo a morir. Pero mucho más me asusta ver que la deshumanización avanza, que el espíritu fracasa.

Espero que sea solo una tristeza mía y no una triste descripción de la realidad.

Fuente:
Cervantes Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Buenos Aires, EDAF, 201
Delumeau, Jean. El miedo en Occidente. Madrid, Taurus, 1989
Espósito, Roberto. Immunitas. Protección y negación de la vida. Buenos Aires, Amorrortu, 200
Frankl, Viktor. Psicoanálisis y existencialismo. México, FCE, 198
Frankl, Viktor. Extravíos del pensamiento psiquiátrico. En el Hombre Doliente. Barcelona, Herder, 198
Jullien, François. Vivir existiendo. Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2019
Montaigne. Ensayos. Buenos Aires, Losada, 2011
Nussbaum, Martha. La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y filosofía griega. Valencia, Antonio Machado Libros,
2004 Paz, Octavio. El laberinto de soledad. México, FCE, 2015

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